viernes, 29 de mayo de 2020

RODRIGUEZ VALENZUELA VILMA

Educación para la libertad

Cultura en tu escuela: Educar para la libertad y la creatividad ...

Una buena educación para la libertad no puede basarse en estupendas definiciones. Ni en un repaso histórico por la historia de la filosofía, como tampoco encuentra su fundamento en repetir hasta la saciedad la importancia de los Derechos Humanos. Ni tan siquiera en la reflexión personal, en las experiencias de vida, por mucho que éstas ayuden a construir y conecten con la realidad. Debería abarcar una dimensión más alta y más profunda de la persona. Contando con la razón, superándola ampliamente. Sin dejar de lado la vida afectiva de las personas, sus sentimientos y emociones, ni marginando las circunstancias, tan poderosas en el día a día, con los hábitos de la voluntad, los dejes del carácter y los imprevistos y sorpresas de la existencia humana finita y limitada. Todo cuenta, todo debe sumar. La persona en su riqueza y conjunto. Supera con mucho, una asignatura, siempre más aséptica y menos “didáctica”.

Sin embargo, hay una pequeña propuesta, para una especie de taller en el que retomemos con tranquilidad la toma de decisiones como fundamento práctico de la libertad, y a partir de ahí construyamos el resto. Al margen de si es una buena definición o no, la libertad se comprueba en la capacidad para elegir lo mejor. Hasta ese momento, todo queda en el reino de las posibilidades, y como tal, en el de la imaginación más o menos desconsiderada e ideal, sin pisar tierra.

Anticipo un par de prespuestos, que quizá conviene tener en cuenta:

  1. Toda persona desea ser libre. Y en su historia esto se manifiesta como pugna y lucha, a través de conflictos evidentes, de tensiones, de contrastes y contradicciones. Lo cual supone, para quien quiera ver, un doble proceso: de liberación y de adquisión de libertad, según grados.
  2. Es una cuestión al mismo tiempo interior y exterior. Es decir, propiciada o dificultada en el juego que hay entre estos dos ámbitos. Y no pueden confundirse, porque sería un gran error.
  3. A la realidad interior la podríamos denominar “mundo“. La libertad no es un “dejarse llevar” por lo que siento, intuyo o pienso. Tenemos numerosas muestras, a lo largo de un solo día, que dejarían reducida a añicos esta hipótesis. Es siempre más. Y demanda más de la persona, en tanto que también se comunica en relación al bien. En este mundo operan, con sus propios criterios y lógica, impedimentos o facilitadores, que me mueven e impulsan en una dirección o en la opuesta. De algún modo, este mundo está en disputa, pocas veces reconciliado, como si pudiésemos quedarnos tranquilos. Es necesario partir de esta realidad interna, para que nadie se lleve a engaños, ni tome decisiones a la ligera o de cualquier manera.
  4. A la exterior, circunstancias o ambiente. Para ser libre, como se venía repitiendo con intensidad hace una década, es imprescindible saber nadar, correr o volar contracorriente. El verbo no es lo importante. Sí lo es la actitud. De igual modo, también descubrimos sin ser ingenuos, que existen realidades que nos pueden ayudar. Dependiendo de dónde nos posicionemos, con quiénes nos codeemos, y con quiénes nos dejemos acompañar.

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